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Sábado, 24 Noviembre 2018 16:39

Capítulo 72 (6)

EL BUEN CELO QUE DEBEN TENER LOS MONJES

(RB 72-06)

Las cinco primeras máximas que nos da San Benito en este capítulo de su Regla vemos cómo se han centrado en las relaciones que han de tener los hermanos para cultivar el buen celo, invitándonos a un amor fraterno concreto mediante la paciencia y la aceptación mutuas, buscando el bien de los demás, emulándose mutuamente y compitiendo en el bien, en las muestras de honor y en la obediencia. Las tres últimas las reserva San Benito para indicar cómo debe ser nuestra actitud para con Dios, con el abad y con Cristo.

La sexta máxima de San Benito es: Que teman a Dios con amor. ¿Cómo se puede temer con amor?, parece una contradicción. San Cipriano también nos habla de nuestra relación con Dios en temor y en amor, y lo explica diciendo que a Dios hay que amarlo porque es padre y temerlo porque es Dios. Pero yo creo que San Benito quiere decir otra cosa. De hecho no dice que haya que temerlo y amarlo, sino temerlo con amor. Se trata de un temor nacido desde el amor. ¿Es que el amor puede dar como fruto el temor?

Casiano explica esto en su colación 11 de la siguiente forma: Fundada en la caridad perfecta, se eleva el alma necesariamente a un grado más excelente y más sublime: el temor de amor. Esto no deriva del pavor que causa el castigo ni del deseo de la recompensa. Nace de la grandeza misma del amor. Es esa amalgama de respeto y afecto filial en que se barajan la reverencia y la benevolencia que un hijo tiene para con un padre benigno, el hermano para con su hermano, el amigo para con su amigo, la esposa para con su esposo. No teme los golpes ni reproches. Lo único que teme es herir el amor con el más leve roce o herida. En toda acción, en toda palabra, se echa de ver la piedad y solicitud con que procede. Teme que el fervor del amor se enfríe en lo más mínimo (Col. XI, 13).

Ciertamente que los temores pueden ser diferentes. Mientras San Juan nos dice: El amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha llegado a la perfección en el amor (1 Jn 4, 18), el salmista exclama: Todos sus santos, temed al Señor, porque nada les falta a los que lo temen (Sal 33, 10). Precisamente invita a los santos a que teman al Señor, no a los pecadores. En realidad aquí hay una diferencia: los malvados son invitados a temer, pero no a Dios, sino al castigo de Dios que les vendrá por su maldad. Los santos, sin embargo, son invitados a temer a Dios como un fruto del amor perfecto.

El salmo nos dice: El principio de la sabiduría es el temor del Señor (Sal 110, 10). Si ese es el principio de la sabiduría, la plenitud de la misma sólo la podemos encontrar en la invitación de Jesús a vivirlo desde el amor. El temor de Dios es un don del Espíritu Santo, y nosotros consideramos a éste como el Amor mutuo del Padre y del Hijo, por lo tanto el temor es un fruto de ese Amor que se nos da. Se trata de algo espiritual -no sensible- por lo cual somos conscientes de nuestra condición de criaturas de Dios, nos sentimos penetrados de ese sentimiento de ser suyos, de pertenecer a Dios, hijos y criaturas suyas. Cuando uno tiene esa experiencia es impulsado instintivamente a volverse hacia Dios, anonadado ante El, adora a su Dios, se entrega a su Dios. Es el primer don del Espíritu Santo, sin el cual no participaremos de la santidad de Dios.

Es también la diferencia entre el amor temeroso del principiante, que se siente siervo que ama a su Señor pero al mismo tiempo lo teme, y el amor del amigo que ya no teme porque conoce y vive en la casa del amigo: Ya no os llamo siervos, sino amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Y mientras el siervo no permanece en la casa para siempre, el hijo y el amigo sí. Una casa que somos nosotros mismos en cohabitación con el mismo Dios.

Consiguientemente, mientras el temor al castigo brota del mal cometido, el temor de Dios brota de un amor de pertenencia, que es más fuerte que el de deseo. Cuando se ama por deseo, dicho amor dura mientras se mantiene el deseo. Cuando se ama por pertenencia, como el amor familiar, es algo que perdura al estar grabado en nuestro mismo ser abarcándolo todo, como decía el profeta: le llenará el espíritu de temor del Señor (Is 11). Por eso San Pablo nos recuerda: No habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y os permite exclamar: Abba, Padre (Rm 8, 15). Ese es el amor al que nos invita San Benito.

Pero todos somos uno en el Hijo. Decir que amamos a Dios al que no vemos sin amar al hermano al que vemos, es de mentirosos. Si una cosa va unida necesariamente a la otra, podríamos parafrasear la máxima de San Benito diciendo: Cada uno de nosotros “temerá a los hermanos con amor”. Un temor igualmente fruto del amor. Un amor que no se puede sustentar en la temporalidad del deseo, del estar a gusto o del caerme bien, sino en el sentido de pertenencia. Por eso los que cultivan este sentimiento de pertenencia a una comunidad, de donde reciben la vida y a quien entregan su vida, crecen en sensibilidad, temiendo hacer daño, creciendo en el respeto exquisito para con los otros. Mientras que el que vive centrado en sí mismo, preocupado sólo de su personal camino espiritual, de lo que siente, piensa o desea, ese tal no alcanzará a comprender el amor fraterno que teme hacer daño al otro. Vivirá en comunidad sin ser comunidad.

Esto es también un don de Dios que requiere salir de nosotros mismos. Sólo en el olvido personal se puede alcanzar el amor con temor. Mientras nos mantenemos encerrados en nosotros, todo nuestro amor será de posesión y, consiguientemente, mediremos su validez en la medida en que nos resulte gratificante o se adecúe a nuestros criterios. Curiosamente quien no ama como nos indica San Benito, no tiene temor alguno. Carece del temor que se preocupa por no hacer daño y carece también del temor al castigo, ya que hoy no los hay.

Podemos decir que el amor no es primeramente hacer hacia fuera, sino dejarse hacer hacia dentro. Cuando pensamos que el amor es primeramente darse haciendo cosas, podemos llegar a hacer daño, haciendo muchas cosas por los demás con buena intención, pero pisándoles al darles lo que realmente no necesitan. Eso sucede cuando damos pensando más en nosotros y desde nosotros que en el otro. Por eso es tan necesario llenarnos de ese espíritu de temor que brota del sentimiento de pertenencia y afecto espiritual para con los hermanos. Quien esto tiene, adquiere la sensibilidad necesaria para buscar el bien del otro sin hacerle daño. Quien esto no tiene, terminará haciendo daño al dar a los demás lo que éstos no necesitan, sino lo que él mismo cree que necesitan y que le produce bienestar al ofrecer. Trabajemos por crecer en esa sensibilidad para que nuestro amor sea auténtico.