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Sábado, 01 Diciembre 2018 16:40

Capítulo 72 (7)

EL BUEN CELO QUE DEBEN TENER LOS MONJES

(RB 72-07)

La séptima máxima de San Benito se refiere a su relación con el abad. Nos dice: Que amen a su abad con afecto sincero y humilde.

Es una petición que sitúa entre otras dos referidas a Dios y a Cristo. Pudiera parecer algo presuntuoso que el mismo abad Benito hable de la relación que deben tener los monjes con el abad en medio de sus referencias a Dios y a Cristo. Por un lado pienso que se trata de una disposición de las máximas sin demasiada intencionalidad. Por otra, es claro cómo para él el abad tiene una representación muy concreta en la comunidad. No se trata de un jefe de empresa, ni de un oficial del ejército que deba tener todo en orden, de forma disciplinada y productiva. Si la comunidad monástica es una comunidad cristiana, es que se trata de la comunidad del Señor. Aquí el abad cumple el papel de vicario de Cristo en su sentido tradicional y espiritual: no como un sustituto de Cristo, sino como una mediación de esa presencia del Señor. Se trata de un “vicariato” que lejos de conducir a la vanagloria, debe producir temor y temblor en el que lo ha recibido, pues si a un vicario se le da una autoridad, no es para que actúe según sus propios criterios, sino ateniéndose a los criterios de aquél que le ha nombrado, aunque sea él el que deba tomar las decisiones.

Lo que San Benito tiene muy claro es que el abad es padre de la comunidad, debe portarse como tal y ser tratado del mismo modo. Amen a su abad con amor sincero y humilde, nos dice. Si el amor excluye todo temor, exige que haya una relación peculiar entre el abad y los hermanos. A un superior en cualquier ámbito social se le respeta, pero en gran medida ese respeto está en función del temor que produce. El amor, sin embargo, es algo que brota fruto de una relación y de una forma de mirar a la otra persona, más allá del temor que pueda producir. El mismo nombre de “abad” que San Benito escogió para designar al superior, está indicando qué quería de él, que fuese padre del monasterio. Por eso hace la interpretación ingeniosa de la que ya hemos hablado que permite ver en el abad a aquél que representa a Cristo y “por eso mismo” ha de recibir el nombre de abad: si Cristo es el esposo de la Iglesia, y la Iglesia es nuestra madre, a Cristo le podemos llamar “padre”. Y dado que el abad representa a Cristo, él mismo recibe el nombre de padre.

San Benito se aparta expresamente de su fuente principal, la RM, al hablarnos del amor al abad. En la RM el abad es el maestro, el doctor, el que enseña y gobierna a su comunidad, sin andarse con más consideraciones. A. de Vogüé nos hace ver cómo esa relación vertical de la RM entre los discípulos y su “doctor” no requiere más que fe y obediencia. La RB, sin embargo, resalta la relación mutua de amor entre el abad y los hermanos. Si en el capítulo 64 dice que el abad debe procurar ser más amado que temido, y en otros lugares le manda que ame a sus hermanos (cf. 2, 17,...), en este capítulo exige reciprocidad al pedir que los hermanos amen a su abad, y no simplemente le obedezcan.

Ya he comentado en algunas ocasiones cómo uno de los aspectos que hoy hemos perdido en nuestra sociedad occidental en favor de la persona como individuo ha sido el sentido de pertenencia a un grupo que nos identifique y vivifique. Sin embargo, todos necesitamos esa referencia al grupo que nos permite conocernos mejor al vivir en una relación comunitaria imprescindible para nuestra misma realización, pues somos seres sociables y afectivos. Del mismo modo, y por razones parecidas, se mira con sospecha la paternidad como se mira con sospecha la tradición. Con un ansia liberadora y de autonomía se desea romper con los lazos que, lejos de verse como raíces propias y necesarias, se contemplan como ataduras que no nos dejan volar. Del mismo modo la paternidad que da vida aparece bajo la sospecha de un paternalismo que nos impide madurar.

San Benito, lejos de estos escrúpulos de nuestro tiempo, quiere que veamos al abad -y que él mismo se vea así, lo que no siempre sucede por desgracia- como el padre del monasterio. Una paternidad que no brota de él, sino que es plenamente espiritual, carismática, como un don recibido para el crecimiento de la comunidad de Jesús. Desde esta dimensión de fe se pide que el amor sea el lazo de unión entre el abad y la comunidad. No se trata de un amor familiar, ni de un amor que surge de la mera sensibilidad o atracción por las cualidades humanas, sino que nace de la fe.

Un amor sincero y humilde, nos dice. Y yo me pregunto si puede haber algún amor que no sea sincero. Sin embargo, cuando San Benito lo pone es que quizás comprenda la dificultad de transformar el respeto y el temor en amor. Si no hay sinceridad en el amor no se pasará de un respeto o de una aceptación “porque no queda más remedio”. De ahí que esa sinceridad requiera la humildad del corazón. Es fácil amar a quien nos cae bien o es un dechado de virtudes, pero no es tan fácil amar a quien miramos con sospecha o “desde arriba”. Muchos no aceptaron el mensaje de Jesús y condenaron al Señor por no reconocer en él al Hijo de Dios, lo que hizo exclamar al Maestro: Gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños y se la has escondido a los sabios y entendidos. Igualmente Pablo ve en la comunidad de creyentes al grupo de los que no son nada, los que Dios se elige para humillar a los que se creen algo. En esta línea San Benito pide que se ame con humildad, desde la sabiduría de los humildes que saben ver con fe la presencia de Dios. En caso contrario, si nos dejamos llevar por lo que nuestros ojos ven “de tejas abajo”, por la arrogancia del corazón, entonces nos sentiremos fácilmente humillados por cualquier cosa y el amor se transformará en rechazo o temor.

Toda relación de amor es un don, pero requiere mucho empeño por parte de los implicados. Es algo que todos debemos trabajar y que, si alcanzamos, hace la vida comunitaria muy hermosa, pues aceptamos esa presencia del Señor en medio de nosotros, de todos y cada uno de nosotros.